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jueves, 14 de noviembre de 2013

El dilema imposible de la socialdemocracia europea

¿Puede haber mejor respuesta desde la izquierda a la Conferencia Política del PSOE que este artículo de Alberto Garzón? Yo creo que no y por eso lo reproduzco a continuación, extraído de su columna Economía para pobres, ubicada en las páginas digitales del diario Público.


La tradición socialdemócrata suele defender, una vez abandonado el objetivo del socialismo, que es posible vivir bajo un capitalismo de rostro humano. Se acepta que el sistema económico capitalista tiene una lógica interna que provoca que cada cierto tiempo se sucedan las crisis económicas, pero a la vez se asegura que es posible evitar muchas de ellas y desde luego responder ante todas salvaguardando los pilares básicos de la economía y, sobre todo, los derechos conquistados por la lucha obrera. En términos políticos eso significa apoyar la intervención del Estado, regulando la economía a priori o con grandes desembolsos de dinero a posteriori. Desde J. M. Keynes hasta H. Minsky, la tradición teórica de la economía socialdemócrata ha tenido claro que era posible alcanzar un equilibrio entre la lógica del capitalismo y la satisfacción de las necesidades básicas de los seres humanos. En definitiva, la tesis es que es posible domesticar al capitalismo salvaje.

Sin embargo, los partidos socialdemócratas actuales llevan años en una deriva confusa. Convertidos a una suerte de socioliberalismo, no hay partido político socialdemócrata que se atreva a día de hoy a hacer suyos programas políticos como los de la socialdemocracia clásica de O. Palme o F. Mitterrand de los años ochenta. La crisis del llamado capitalismo dorado, o época dorada del capitalismo, se llevó por delante el peso práctico con el que había contado la tradición socialdemócrata.

Lo que algunos sostenemos es que la socialdemocracia no puede sobrevivir en un contexto socioeconómico donde se dan alguna de estas dos condiciones: a) una arquitectura institucional que consolida un Estado de economía financiarizada, y b) un modelo de crecimiento económico dirigido por las exportaciones.

La tendencia hacia la desigualdad 

Desde la década de los ochenta, y debido al contexto de aplicación de las políticas neoliberales, uno de los efectos más llamativos en todas las economías ha sido el incremento de la desigualdad medido a partir de la distribución funcional. En concreto, la participación salarial en la renta ha decrecido sistemáticamente en todas partes del mundo, con su inverso en el crecimiento de la participación de los beneficios en la renta. Este fenómeno no es de ninguna forma anecdótico, ya que tiene severas implicaciones en la forma en la que operan las economías capitalistas. De hecho, la economía política siempre se ha preocupado de las cuestiones distributivas no por ánimo moralista sino porque afectan a la dinámica de crecimiento económico y de crisis capitalista.

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La razón fundamental está en que las rentas salariales son no sólo un coste para las empresas, sino también la principal fuente de demanda. Sin suficiente demanda, los empresarios no pueden vender su producción y el sistema colapsa. Algo que el empresario estadounidense H. Ford supo ver cuando en 1914 decidió incrementar los salarios a sus trabajadores para facilitar que comprasen los propios productos que la empresa fabricaba.

El llamado capitalismo dorado o de posguerra parte de esa premisa: un pacto capital-trabajo en el que ambas partes colaboran cooperativamente bajo un sistema win-win (donde todos ganan). Tal sistema sólo puede funcionar en la medida que se produce un continuado incremento de la productividad, lo que permite a su vez que crezcan tanto los beneficios como los salarios. Sea por el potencial de crecimiento (debido a la necesidad de reconstruir un mundo destruido por la guerra) o sea por las nuevas capacidades tecnológicas (estrechamente vinculadas a la industria militar), el capitalismo de postguerra permitió un pacto capital-trabajo en las sociedades capitalistas.

Este sistema, con todos sus rasgos internacionales (desde los financieros hasta los geopolíticos), se vino abajo en torno a la década de los ochenta. Algunas corrientes teóricas lo interpretan como resultado del excesivo poder de los salarios, cuyo crecimiento provocó el estrangulamiento de los beneficios y en consecuencia acabó con la inversión y la creación de empleo. Otras corrientes lo achacan a problemas derivados del agotamiento de las expectativas de inversión por razones inherentes a la dinámica capitalista. Se acepte una versión u otra, lo cierto es que el nuevo contexto institucional –las nuevas reglas de juego– quedaron marcadas por una interpretación neoliberal de la crisis. A saber, el problema residía presuntamente en el excesivo intervencionismo del Estado en los mercados y en la fortaleza negociadora de los sindicatos, razón por la cual la solución radicaba en la reducción de ambos aspectos.

El aspecto laboral fue clave. La lucha encarnizada contra los sindicatos, reduciendo su capacidad negociadora, junto con la propia dinámica del sistema (que terciarizaba la economía, dejando en segundo lugar las fuertes industrias con grandes masas de trabajadores afiliados a sindicatos), llevó a un reparto cada vez más desigual de la tarta. El pacto capital-trabajo se deshacía en pedazos. La experiencia del plan Meidner, en la Suecia más socialdemócrata de toda la historia, representó dramáticamente toda la época.

La ‘financiarización’ y las nuevas reglas de juego 

Una reducción de las rentas salariales en todas partes del mundo provoca un efecto contradictorio. En primera instancia las empresas ven aumentado su margen de beneficio, ya que sus costes laborales se reducen. Eso podría estimular la inversión, y es lo que predice la teoría neoclásica dominante. Pero en segunda instancia, y al ser la reducción de costes laborales un fenómeno generalizado, también se reduce la demanda total y en consecuencia la rentabilidad de la inversión. A una empresa puede convenirle que sus propios trabajadores cobren menos (y así la empresa gana más) pero es imposible que le convenga que los trabajadores del resto de empresas vean igualmente mermados sus salarios (dado que son su fuente de mercado). La contradicción central del capitalismo, la relación capital-trabajo.

El problema que emerge es que faltan fuentes de demanda, y que donde antes había salarios que creaban mercado ahora no hay nada. Las teorías económicas marxistas han situado al gasto militar y a los mercados externos como posibles fuentes sustitutorias y complementarias para este problema. La idea es que si no hay suficientes fuentes, hay que crearlas. Una guerra, un plan de estímulo económico o una colonización permiten ampliar los mercados. También las privatizaciones son una forma de ampliar mercados para la esfera privada (ya que desplazan a los ciudadanos desde lo público hacia lo privado). Las teorías del imperialismo (desde J. A. Hobson hasta V. Lenin, pasando por R. Luxemburgo), o la llamada acumulación por desposesión (de D. Harvey) son resultado de esta interpretación. Y toda la base del keynesianismo se encuentra igualmente aquí.

Ahora bien, en el contexto de la globalización neoliberal, donde se han multiplicado los sujetos económicos que compiten al máximo nivel en el mercado mundial (a diferencia de la época de postguerra), otra fuente de demanda puede emerger también en las finanzas. Efectivamente, la poca demanda existente en la economía real puede ser compensada con las burbujas financieras. Gracias a unas nuevas reglas de juego, resulta mucho más rentable invertir en los mercados financieros (deuda pública, deuda privada, acciones, futuros…) que en la economía real (industria, turismo…), todo lo cual estimula igualmente el crecimiento económico. Con el riesgo, comprobado está, de la inestabilidad financiera asociada y de la emergencia sistemática de crisis financieras derivadas de los estallidos de las burbujas. La crisis de las puntocom, a principios del siglo XXI, o la reciente de las hipotecas subprime son buenos ejemplos de ello.

La financiarización, resultantemente, no requiere la existencia de un pacto capital-trabajo. El capital encuentra rentabilidad en sus propios espacios creados ad hoc, y no necesita de la demanda salarial más que de forma indirecta. En este contexto, la desigualdad está íntimamente asociada a la llamada financiarización (predominio de las finanzas) y a la crisis.

El modelo de crecimiento económico dirigido por las exportaciones 

Además, la financiarización de la economía mundial ha permitido a muchas economías capitalistas esquivar la crisis que hubiera provocado, en distinto contexto, la desigualdad creciente. Así, economías como España, Grecia o Portugal han podido crecer económicamente a ritmos elevados a pesar de mostrar cada vez mayores desigualdades en la distribución funcional de la renta. La razón está en que sus fuentes de demanda efectiva han sido virtuales, como demuestra el creciente endeudamiento privado que ha permitido a la burbuja inmobiliaria seguir manteniéndose hasta su pinchazo (y que ha dejado tras éste un enorme reguero de deudas, en gran parte asumidas por el Estado).

Así, el crédito ocultaba una realidad subyacente mucho más dramática a la vez que permitía a la economía crecer a tasas suficientemente altas como para crear un empleo (vinculado, en todo caso, a la propia burbuja inmobiliaria y su dinámica). Surgida la crisis, el modelo estalla y el proceso de crecimiento económico dirigido por el crédito se agota.

Desde entonces, la Troika y los gobiernos europeos están tratando de recomponer al capitalismo a partir de otros fundamentos distintos, con otro modelo de crecimiento económico. Estamos ante otro cambio histórico similar al de los años ochenta, y basado en la agudización de lo que entonces ocurrió. Otra vuelta de tuerca neoliberal.

En este caso la idea pasa por instaurar un modelo de crecimiento económico dirigido por las exportaciones, es decir, donde éstas tengan un papel primordial en el crecimiento económico. Para ello se requiere, en primer lugar, que las exportaciones sean superiores a las importaciones. Y, en segundo lugar, que se alcancen nichos de mercado donde las empresas españolas sean altamente competitivas. El modelo de referencia es el alemán.

Alemania comenzó desde inicios de siglo, y precisamente bajo gobierno socialdemócrata, una política de corte neoliberal que logró modificar el modelo de crecimiento económico hacia un modelo dirigido por las exportaciones, a la par que agudizó la desigualdad interna (todo lo cual ahogó la demanda interna).

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En la medida que no todos los países pueden ser exportadores netos, esto es, exportar más de lo que se importa, este modelo no puede ser generalizable. Sólo algunos países, los que más ventaja llevan en el desarrollo capitalista, pueden vencer. Se da lo que llamamos falacia de la composición.

Pero en lo que a este artículo respecta hay una implicación política mayor. En la medida que este modelo implica la búsqueda de fuentes de demanda externas, entonces no es necesario reponer un pacto capital-trabajo para mantener el crecimiento económico. Es más, de hecho cualquier tipo de colaboración entre capital y trabajo es un obstáculo para la consecución y mantenimiento de un modelo que requiere una lucha competitiva en el límite, y fundamentalmente a partir de un incremento constante en la explotación laboral –traducida en incrementos de la jornada laboral, reducciones salariales y otros aspectos propios del neoliberalismo… y del siglo XIX–.

El modelo que se busca, que a veces se etiqueta de neomercantilismo, tiene sustraída la posibilidad de generalizarse y, en consecuencia, aboca a muchas economías a la crisis permanente. Pero en aquellos países donde puede triunfar, aunque sin convertirse ellos mismos en los líderes de la manada, el modelo impone unas transformaciones sociales profundas que, aun permitiendo al capitalismo sobrevivir, no es compatible con los derechos laborales, civiles ni democráticos. Es decir, no hay espacio para el capitalismo domesticado. No hay espacio para la socialdemocracia.

Por estas razones, en este marco y en esta época histórica la socialdemocracia no puede ser socialdemocracia sino, a lo sumo, socialiberalismo. Esto es, una versión difuminada y orientada fuertemente a la derecha de lo que fue el espejismo socialdemócrata de los años de posguerra. La socialdemocracia, sencillamente, no puede volver. Está condenada a un ejercicio de pragmatismo, al haber asumido las reglas impuestas, que la llevará de facto hacia el neoliberalismo. Un frasco de izquierda para contener el virus neoliberal. Lo único que puede volver (¡y con qué fuerza!) es el capitalismo salvaje. O su freno racional, el socialismo.

martes, 28 de mayo de 2013

Voces contra el euro

A lo largo de las últimas semanas muchas voces se han manifestado, en distintos países de Europa, a favor de una salida del euro. El pasado 30 de abril, Óscar Lafontaine, ex Ministro de Finanzas alemán por el SPD y ahora dirigente de Die Linke, uno de los responsables de la puesta en marcha del euro, abogaba -dadas las actuales circunstancias- por "abandonar la moneda única".


Entre sus argumentos Lafontaine señala que "se hace necesario abandonar la moneda única y volver a un sistema que haga posibles las devaluaciones y revaluaciones, como sucedía con el predecesor de la moneda única, el Sistema Monetario Europeo".

En una línea similar podemos encontrar el "Manifiesto por la recuperación de la soberanía económica, monetaria y ciudadana" (http://salirdeleuro.wordpress.com/), alentado por primeros firmantes como Julio Anguita, Juan Francisco Martín Seco, Pedro Montes, Manolo Monereo, Agustín Moreno o Víctor Ríos, entre otros.


Como señala el Manifiesto: "Nuestro país no puede salir de la crisis en el marco del euro. Sin moneda propia y sin autonomía monetaria es imposible hacer frente al drama social y económico, tanto más cuanto que la política fiscal también ha quedado anulada con el Pacto de Estabilidad, alevosamente constitucionalizado. Es precisa una moneda propia para competir y una política monetaria soberana para suministrar liquidez al sistema y estimular una demanda razonable".

Tanto la posición de Lafontaine como la de los autores del Manifiesto contemplan unas estrictas medidas de control de los movimientos de capitales.

Una última voz a sumar a este concierto podría ser la de Jacques Sapir, quien en las páginas de El Viejo Topo recientemente se pronunciaba a favor de "una disolución concertada de la zona euro". Su propuesta se basaría en una decisión coordinada que permitiera "definir unos niveles razonables de devaluación y revaluación y dotarse de unos mecanismos reguladores -modificación del mandato del Banco Central Europeo; utilización de los fondos previstos por el Mecanismo Europeo de Estabilidad para estabilizar a los países más expuestos; controles concertados de los capitales para evitar movimientos especulativos- que permitiesen controlar los movimientos de estas nuevas paridades".


Como vemos los enfoques pueden ser variados, y los escenarios de transición variantes, pero en opinión de numerosos expertos del campo de la izquierda transformadora el abandono -más o menos ordenado- del euro se convierte en un imperativo ineluctable.

martes, 21 de mayo de 2013

Proteccionismo y desmundialización

Durante las décadas de hegemonía del pensamiento neoliberal, a partir de los éxitos electorales de Reagan y Thatcher, se ha considerado como una herejía cuestionar las supuestas bondades de la "globalización" y el "libre comercio". Incluso muchos sectores de la izquierda se han acomplejado al abordar tales aspectos, por estimar que cerrar las fronteras a las exportaciones de países en vías de desarrollo podía suponer una especie de nueva imposición colonialista.


Lo cierto es que, como señalaba Jacques Sapir recientemente en las páginas de El Viejo Topo (número de abril de 2013), la liberalización financiera y el libre cambio, propugnados por la Organización Mundial del Comercio (OMC), han desatado fuertes tensiones desestabilizadoras de las economías y han establecido una tensión competitiva entre los sistemas sociales (protección social, sanidad, jubilación) de diferentes países.


Frente a las graves consecuencias económicas y sociales que han venido de la mano de tales planteamientos ideológicos, Sapir propone acudir al concepto de "desmundialización", entendido como "un retorno a una fuerte reglamentación financiera que penalice en particular a los movimientos de capitales a corto y muy corto plazo, y unas reglas que garanticen la competencia no entre sistemas sociales diferentes, sino entre sistemas sociales comparables".

En palabras de Sapir, la desmundialización no "significa la suspensión del comercio internacional, sino su reorganización para promover de forma espontánea unas reglas sociales y medioambientales más progresistas". Se trata, en suma, de penalizar los bajos salarios y las prestaciones sociales muy débiles de terceros países, introduciendo unos derechos de aduana automáticos.

Concluye Sapir que "la adopción de medidas proteccionistas, entendidas del modo en que yo las he descrito, es indispensable si se quiere que la economía mundial recupere una trayectoria estable de crecimiento".

No deja de sorprenderme el escaso eco que estas propuestas suscitan en el ámbito teórico e ideológico de la izquierda transformadora española. Pero creo que dar respuesta a sus interrogantes resulta imprescindible si queremos frenar la avalancha de retrocesos sociales que se nos vienen encima de la mano de la globalización capitalista. En otros países como Francia el debate está mucho más vivo.

También en América Latina muchas voces se ocupan de esta cuestión. Hace escasas fechas, Andrés Soliz Rada, en la página rebelion.org, escribía un artículo sugerentemente titulado "Del dogma de librecambio a la herejía del proteccionismo". En esa colaboración se recordaba, en palabras de Marcelo Gullo (autor de Insubordinación y desarrollo. Las claves del éxito y el fracaso de las naciones), que los principales países capitalistas lograron su desarrollo gracias al proteccionismo estatal y al rechazo radical del libre cambio. Por supuesto estas potencias económicas recetan para los demás lo contrario de lo que las ha llevado a la cima de su poder.

Creo llegado el tiempo de que la izquierda real en el Estado español aborde como una prioridad estas cuestiones. Recientemente, Alberto Garzón, economista crítico y Diputado de IU en el Congreso, indicaba en La Marea que "hay que poner freno al libre movimiento de capitales".


Eso está bien, pero intuyo que no es suficiente. Habrá que empezar a socavar los cimientos del "libre comercio" y, por ende, de la OMC, instrumento principal de las políticas económicas que están llevando a nuestro mundo a la catástrofe social más grave desde la última guerra mundial.

lunes, 25 de marzo de 2013

Garzón en "La Marea"

Acaba de aparecer en La Marea una interesante entrevisa realizada por Thilo Shäfer a Alberto Garzón, economista crítico y Diputado de IU en el Congreso, que os acompaño.


Entre sus referentes teóricos, el político, activista y economista Alberto Garzón (Logroño, 1985) enumera, cómo no, a Carlos Marx, quien ya advirtió hace más de un siglo contra el poder destructivo del capital cuando éste pierde la relación con el mundo de la economía real. El diputado de Izquierda Unida por Málaga, que acaba de publicar La Gran Estafa (Destino), asegura que los mecanismos impuestos para salir de la crisis están diseñados fundamentalmente para satisfacer las necesidades del sector financiero, cuya voracidad y búsqueda permamente de rentabilidad sobre el capital han causado el actual derrumbe de la economía real. Entre un viaje y otro a Andalucía, Garzón habló con La Marea en una bulliciosa terraza de la Plaza Olavide de Madrid.
 
En Chipre parece que la banca está otra vez en el origen de la crisis, como ya había ocurrido en Islandia, Irlanda y también en España. ¿Qué conclusiones hay que sacar de ese fracaso?
 Que un modelo de crecimiento basado en el endeudamiento permanente es insostenible en el tiempo. Esto explica que ahora toda la periferia del sur de Europa, pero no sólo del sur, esté endeudada altamente, sobre todo por el lado privado. La conclusión es que no se puede pagar esta deuda tan elevada. La forma de abordar esta crisis a partir de políticas de austeridad no funciona. Es imposible que funcione porque deteriora la capacidad de los países para devolver esta deuda. La política de austeridad no tiene como objetivo resolver la crisis, sino cambiar el modelo de sociedad a partir del empobrecimiento generalizado. Se trata de sanear a la banca a fuerza de recortes de salarios y servicios públicos.

Hay grandes cantidades de dinero que están buscando unas tasas de rentabilidad que son difíciles de encontrar en la economía real. ¿Hay demasiado dinero en el mundo?
 El dinero lo crean también los bancos y efectivamente hay unas grandes cantidades de dinero que buscan un espacio de rentabilidad en una economía real que está en recesión. El dinero se mueve mucho dentro del propio sistema financiero. Esto ha ocurrido muchas veces antes. Desde el estallido de la burbuja inmobiliaria en EEUU, los fondos de inversión se han trasladado hacia otros mercados financieros, como los futuros de materias primas, algo basado en la economía real, ya que se trata de la alimentación de la gente. Otra salida que está buscando este dinero es la privatización de espacios públicos para que se conviertan en espacio de ganancias para los capitales privados. Es una vía muerta que toma el capitalismo para salvarse de su propia crisis.

Parece que el capital es lo único que está realmente globalizado…
Efectivamente, porque si miramos a las personas, incluso dentro de la Unión Europea hay muchas trabas y leyes de extranjería. Hay que poner freno al libre movimiento de capitales. Hay que regular la actividad financiera para que sirva a la economía real y no sea pura especulación. Esto sólo beneficia el enriquecimiento de unos pocos pero con efectos devastadores sobre la economía real. El objetivo debe ser subordinar la economía financiera a la economía real y subordinar ésta a las necesidades de la gente.

¿La versión light de la Tasa Tobin que han aprobado 11 países europeos es un primer paso en esta dirección?
Es un instrumento que puede servir a dos necesidades: desincentivar la especulación y aumentar la recaudación. Lo que han hecho estos gobiernos tiene más que ver con la recaudación. Es una medida muy moderada que no va a conseguir frenar la especulación financiera. Lo ideal sería que en el marco de la UE se regulara el libre movimiento de capitales con el fin de que la Unión Europea sea una zona de autosuficiencia financiera subordinada a las finanzas de la economía real. Y habrá que erradicar los paraísos fiscales. En todo caso es muy poco probable que eso ocurra porque la propia UE está diseñada para mantener este modelo neoliberal de libre circulación de capitales.

¿Con la política de austeridad se pretende que España vuelva al modelo de ser un país de mano de obra barata?
Está claro. La UE no es la unión romántica de los pueblos sino la unión interesada de unos poderes, pilotados por Alemania, con cierto peso de Francia, que, desde luego, no quieren modernizar las industrias del sur porque no quieren competidores para sus empresas.

IU ha propuesto hacer una auditoría de la llamada deuda ilegítima.
Sí, y fue rechazada en el Congreso. Pero la historia económica demuestra que no queda otro remedio que hacer una reestructuración de la deuda. Es lo que ha ocurrido en Grecia, por ejemplo, sólo que la reestructuración allí fue dirigida por las élites. Tuvieron que hacerlo porque el lastre de los tipos de interés de la deuda era insoportable e imposibilita la salida de la crisis. Aquí también tenemos una deuda impagable. No sólo es una deuda inmoral en el sentido de que tiene su origen en salvar a los bancos, sino que también es una deuda imposible de pagar en términos económicos. En 2013 pagaremos casi 40.000 millones de euros en intereses sobre la deuda pública.

Últimamente hemos visto pequeños pasos para cambiar las reglas de la banca, respecto a los desahucios por ejemplo. ¿Cree que aumentará más la presión sobre la banca?
Estamos en una fase inicial donde los avances, como en el caso de los desahucios, se deben a la presión social. Sin embargo, los partidos que controlan la administración pública no están dispuestos a enfrentarse al poder financiero. La troika ha decidido que la prioridad es salvar el sistema financiero por encima de cualquier otro tipo de problemática. Esto explica por qué los grandes partidos no están dispuestos a forzar la dación en pago con carácter retroactivo o por qué aceptan una quita importante en las participaciones preferentes.

Entiendo de sus palabras que el PSOE no les parece un aliado muy fiable para la lucha contra el poder de la banca…
No, porque el PSOE firmó un pacto para la reforma constitucional en 2011 con el PP que fija la prioridad del pago de  la deuda pública por encima de cualquier otro tipo de gasto público, como la sanidad o la educación. Esto sirve sobre todo a los intereses de los mercados financieros internacionales. Si ésa es la política del PSOE no va a haber espacio de colaboración ninguno.

Con la que está cayendo, IU no despega en los sondeos más allá de un 15%. ¿Qué está haciendo mal?
Está claro que muchos pensamos que se puede hacer las cosas mucho mejor. Estamos en un proceso de reflexión continuo para ver qué se puede mejorar y cómo ilusionar, para demostrar que IU es un instrumento útil para hacer los cambios que se están pidiendo por parte de la sociedad. La concepción del mundo de la ciudadanía no cambia tan rápido. Pero la sociedad empieza a darse cuenta de que el bipartidismo que ha gobernado durante 30 años no ha sido capaz de resolver algunos problemas fundamentales. Todo esto debe inducir a que la gente busque alternativas, e IU es una de ellas. Nuestro apoyo actual podría ser mejor que ese 15% de las encuestas, pero no hay que olvidar que es una cifra histórica. Sin ser autocomplacientes, hay que tener en cuenta las limitaciones de una formación que viene de una travesía del desierto. Hace apenas cinco años teníamos un 4% de los votos.

¿Ve posible una unión de fuerzas de izquierda siguiendo el ejemplo de Syriza en Grecia?
Claro. El objetivo es unir a la gente de izquierda sobre principios claramente situados dentro de las coordenadas de izquierda. Es un proceso que hay que trabajarlo con mucho cariño y generosidad porque venimos de diferentes tradiciones históricas.

¿Cuándo los manifestantes piden un cambio radical del sistema al son de ‘No nos representan’, se da por aludido?
Yo les entiendo. Pero no hay una generalización. La gente no está harta de la política. La gente está en las calles y en los bares defendiendo sus ideas políticas. Pero está harta, con toda la razón del mundo, de un determinado tipo de política, la de la corrupción, los sobres, la Gürtel, los EREs, la política del chanchulleo, del caciquismo. También nosotros estamos en contra de esta política. Hay que reivindicar otro tipo de política más democrática, más horizontal, más participativa, lo cual va a necesitar inevitablemente una nueva constitución. Lo que vemos en las calles es precisamente la solicitud de una mayor participación, que las instituciones actuales no ofrecen. La gente ha comprendido que un gobierno como el de Rajoy se vota una vez cada cuatro años y luego puede hacer cosas incluso contrarias a su propio programa.

Alguien que quiera cambiar las cosas en este país, ¿mejor que se apunte a un partido o que se movilice en la calle?
Se pueden hacer las dos cosas. Yo hago ambas cosas, como la mayor parte de la gente de IU. Ambas son necesarias.

lunes, 11 de marzo de 2013

Alberto Garzón visita Zaragoza

Alberto Garzón, economista crítico y Diputado de IU en el Congreso, visita de nuevo Zaragoza, para pronunciar una charla-debate, el próximo sábado 16 de marzo, a las 19:30 horas, en el Centro de Historias, bajo el título "Hay alternativas", en la clausura del ciclo "Organizando la resistencia".


Garzón ha participado en la publicación de volúmenes colectivos, como los titulados Hay alternativas y Lo que España necesita, en colaboración con Vicenç Navarro y Juan Torres, o ya en solitario ha dado a la prensa el ensayo Esto tiene arreglo. Durante estos días es novedad editorial su último libro, La gran estafa, que será presentado en la librería La Pantera Rossa, el mismo día, a las 17 horas.


La gran estafa, como señala su introducción, "interpreta la actual crisis económica como un extraordinario saqueo de las finanzas públicas y los bolsillos de los ciudadanos por parte de un sector minoritario de la sociedad".

La esperanza del autor es que "al comprender la naturaleza del sistema financiero actual y, más generalmente, del sistema económico capitalista, el lector transforme la frustración social imperante en esperanza y motivación para sumar fuerzas con el objetivo de superar el actual y criminal sistema económico y encontrar una forma más justa de organizarnos como sociedad".

viernes, 4 de enero de 2013

¿Qué hacemos con el euro?

Esta es la pregunta que se vuelve a plantear Pedro Montes, esta vez acompañado por Eduardo Gutiérrez, Iván H. Ayala y Daniel Albarracín, en un nuevo título de la colección "Qué hacemos", editada por Akal e impulsada por un colectivo del que forman parte, entre otros, Isaac Rosa, Agustín Moreno o Ignacio Escolar.


El postulado de los autores es que la salida del euro es una condición necesaria pero no suficiente para impulsar un proceso constituyente y una ruptura democrática cuya exigencia ineludible sea conquistar la soberanía económica a favor del pueblo soberano.

Más allá de la crónica del nacimiento del euro, de sus problemas inherentes y de la crisis del capitalismo financiero global, el libro es interesante porque nos plantea las dificultades -enormes- y las oportunidades -estimulantes- que supondría una salida del euro.

La conversión de la deuda externa a la nueva peseta devaluada comportaría inevitablemente un impago de la misma, con una posible represalia en forma de bloqueo al acceso de una parte de la financiación internacional. En general, las exportaciones se verían estimuladas y las importaciones frenadas. Probablemente se produciría una fuga o estampida de capitales de España.

Los autores no discuten la apertura de un periodo turbulento en la vida económica y social de nuestro país. Sin embargo, apuestan por ese escenario, en la medida que nos permitiría rescatar cotas de soberanía en política monetaria y hacernos con los resortes básicos para diseñar una economía diferente en el futuro. El Banco de España podría volver a diseñar el tipo de cambio, la cantidad de dinero y los tipos de interés. La política monetaria podría volver a alimentar las cajas vacías de las instituciones públicas. Se aspiraría a reforzar la demanda interna, con menos importaciones, con un estímulo a la actividad y el empleo, basado en una mejora de la balanza de pagos.

La salida del euro no garantiza una salida en beneficio de la clase trabajadora y demás capas sociales empobrecidas, pero puede ser una condición necesaria para poder avanzar en un sentido diferente a las políticas neoliberales hoy imperantes y hegemónicas. Al menos vale la pena pensarlo.

jueves, 12 de julio de 2012

La respuesta de la izquierda

Desaparecido en combate Rubalcaba, que solo acertó a ofrecer un pacto a Rajoy, quien por supuesto se lo agradeció afectuosamente, fue Cayo Lara, en nombre de La Izquierda Plural, el que se rebeló contra las medidas antisociales que nos quieren retrotraer a un escenario de hace un siglo y medio. Aquí tenéis el vídeo de su intervención.



jueves, 5 de julio de 2012

Pedro Montes o el profeta laico

Conozco a Pedro Montes desde aquellas lejanas reuniones del Consejo Político Federal de IU, bajo la coordinación de Julio Anguita. Tanto él como Jesús Albarracín (s.t.t.l.) derrochaban espíritu combativo y militante, al tiempo que usaban sus abundantes conocimientos técnicos al servicio de su organización. Entonces ambos pertenecían como economistas al Servicio de Estudios del Banco de España. Recordemos que eran los tiempos en que IU definió su posición crítica respecto del Tratado de Maastricht, algo que fue muy denostado por el establishment y que condujo a un distanciamiento respecto a CC.OO. y la ruptura con la Nueva Izquierda.


Con respecto al euro, en un momento tan temprano como 1996, Montes publicó un libro titulado El desorden neoliberal (Trotta), en el que aparecían perlas como las siguientes:

     Los países más débiles, los países que son menos competitivos por un conjunto de factores históricos, no podrán contar con el tipo de cambio como arma o instrumento para recuperar la competitividad. (...) Las diferencias económicas existentes en el momento de implantarse la moneda única tenderán a ampliarse como consecuencia de que los países más avanzados irán barriendo del mercado a los más atrasados, que no tendrán otros medios de oponerse a su relegación que el de ajustar permanentemente su economía y degradar las condiciones laborales y sociales de sus ciudadanos.
      El intento de controlar los precios por medio de una política monetaria común, aplicada sobre realidades sociales muy distintas, tiene como consecuencia que las economías sufrirán con diferente grado de rigor la política adoptada, que lo será en función de los intereses y necesidades de las economías más potentes y estables (léase Alemania en este caso). Las diferencias entre países se consolidarán al inicio de la creación de la moneda única y tenderán a ampliarse una vez que el sistema opere con normalidad.
      Se reforzará entonces la presión para adoptar medidas de carácter antisocial, y una política económica restrictiva, hasta donde lo permita la poca iniciativa que tendrán los gobiernos. (...) La solución de los problemas sociales y económicos y las aspiraciones de los pueblos tendrán que someterse homogéneamente a las leyes férreas del mercado, contraviniendo la razón e, incluso, la letra y el espíritu de las normas constitucionales de muchos países.
 Por increíble que parezca este texto se publicó seis años antes de que tuviésemos en nuestros bolsillos contantes y sonantes los nuevos euros. Su faena teórica crítica fue desarrollada en un nuevo libro, La historia incabada del euro (Trotta), publicado en 2001, un año antes de la emisión del euro.


En este nuevo texto, Montes elevaba la mirada sobre la montaña especulativa y la burbuja inmobiliaria, para avizorar los riesgos que podían sobrevenir en el futuro.
     Pero no cabe descartar que en el futuro próximo o remoto (a los efectos del euro es una diferencia irrelevante), ocurran crisis de una u otra naturaleza en la economía mundial, globalizada en alto grado. En estos casos, las economías europeas se resentirán con distinta intensidad, dependiendo de las causas y localización de las crisis, al tiempo que tendrán que maniobrar conjuntamente, amarradas como están por las ligazones del euro. Cabe preguntarse si éste tendrá la resistencia suficiente para soportar los embates que sufrirán economías de diferente envergadura y capacidad y expuestas a los zarandeos de forma asimétrica.
De la calidad humana del personaje habla su actitud de no pasar factura y decir aquello tan fácil de "yo ya lo sabía". Al contrario, continúa efectuando propuestas para una salida de la crisis en beneficio de las capas populares. Lo podemos comprobar leyendo la entrevista que Miguel Riera le realiza, bajo el título "Salir del euro, la mejor opción", en el último número de la revista El Viejo Topo.

Y aquí viene la pregunta: su hondo contenido ¿no merecería un debate en profundidad en el seno de las organizaciones transformadoras como IU o incluso los sindicatos de clase? Quizás debiéramos hacernos con un bagaje, una propuesta, un plan B, por si vienen peores tiempos y nos vemos arrojados al basurero de la historia, tal como le ha sucedido ya al pueblo griego. ¿Es delito siquiera pensar en la posibilidad de una salida de España del euro, como mecanismo de recuperación de soberanía económica? Continuará...

jueves, 28 de junio de 2012

Vendrá un capitalismo bueno y nos salvará...

Sí y también veremos cómo a las ranas les crece el pelo. Deberíamos ser ya bastante mayores para no creernos cuentos de hadas y pensar que desde el capitalismo globalizado neoliberal va a venir alguna solución para los problemas de la clase trabajadora, de los de abajo como dice el 15-M. En estos días lo van a llamar "más Europa" y querrán decir mayor poder de decisión de Bruselas y Berlín para imponer la agenda liberalizadora de la UE.

Lo malo de estos asuntos es cuando se interiorizan por parte de sectores no despreciables de la izquierda y se busca una solución contemporizadora: a ver si el capital recupera tasa de ganancia y decide dedicar una parte a reinversión y creación de empleo. "Confiemos en sus buenas intenciones", parecen decir. De eso estaba lleno el denominado "II Acuerdo para el Empleo y la Negociación Colectiva 2012, 2013 y 2014", firmado por CEOE, Cepyme, CC.OO. y UGT.


Resulta llamativo que las centrales sindicales -que han sido burladas con la reforma laboral aprobada por el Gobierno del PP con el aplauso de las patronales- no hayan denunciado todavía este acuerdo, vaciado de contenido en sus aspectos de negociación colectiva por la contrarreforma aprobada por el Parlamento, mientras que el pacto de contención salarial sigue vigente.

Pensar que la solución está en moderar los salarios para salir de la crisis es arrojar más gasolina al fuego de la recesión. Lo que España necesita, como han recordado recientemente en un libro con este título Navarro, Torres y Garzón, es desatender las recetas del FMI y la UE, recuperar el control de la economía por parte de los poderes públicos, aplicar una política fiscal progresiva y estimular la economía productiva y sostenible.

Lo que la izquierda necesita, a su vez, es olvidarse de Maastricht y del Banco Central Europeo que allí se configuró, y renunciar a pactos contra natura que ceden gratuitamente posiciones de la clase trabajadora, mientras que las desigualdades de rentas en nuestro país siguen creciendo espectacularmente (vid. Primer Informe de Exclusión y Desarrollo Social de la Fundación FOESSA para Cáritas aparecido en 2012).

Los sindicatos mayoritarios han dado pasos importantes en la movilización y articulación de un bloque de oposición en estos últimos meses (huelga general, colaboración con 15-M y las diversas "mareas"), pero deberían revisar postulados incompatibles con una actitud de lucha como el mantenimiento de un Acuerdo con la patronal como el antes señalado o su refrendo a una bajada generalizada de las pensiones como firmaron con el Gobierno del PSOE.

viernes, 15 de junio de 2012

Lo que España necesita

Un nuevo título de literatura económica de combate acaba de ver la luz, fruto del activismo de sus autores: Vicenç Navarro, Juan Torres López y Alberto Garzón Espinosa. El libro Lo que España necesita. Una réplica con propuestas alternativas a la política de recortes del PP ha sido publicado por Ediciones Deusto.


Esta obra se concibe como una refutación general de la política del PP, basada en las mentiras descaradas de sus primeros meses en el Gobierno (subida de impuestos, bajada de salarios o recorte de derechos que decían que nunca se iban a producir) y desvelando cómo sus medidas ahondan más en la crisis y pueden llevar a nuestro país al abismo. Los capítulos abordan los principales ejes de las medidas económicas y sociales de los últimos meses: reforma laboral, copago sanitario, recortes en educación, rescate a la banca, Presupuestos del Estado restrictivos...

Por supuesto que el último capítulo de este libro está todavía por escribir. Si nada lo remedia, la aplicación de los dogmas neoliberales puede seguir desangrando nuestra economía y suponer brutales medidas contra los principales puntales del Estado Social como son las pensiones, la sanidad, la educación... Eso unido a nuestra dudosa permanencia en el euro seguro que dará lugar a la aparición de nuevas e interesantes entregas de los tres autores de referencia.

miércoles, 23 de mayo de 2012

Superar el capitalismo

Alberto Garzón Espinosa ha escrito un pequeño opúsculo que ha titulado Esto tiene arreglo. Un economista indignado en el Congreso (Ediciones Destino, 2012). El joven Diputado de IU en el Congreso nos invita a sembrar juntos la semilla de un mundo nuevo edificado sobre las ruinas de un capitalismo depredador que nos amenaza con un formidable retroceso civilizatorio.


El libro se divide en tres capítulos correspondientes al pasado (Por qué hemos llegado hasta aquí), el presente (Hacia dónde vamos y hacia dónde deberíamos ir) y el futuro (Cómo podemos conseguirlo). La explicación sobre la actual crisis provocada por el capitalismo financiero globalizado -con la cobertura de la ideología neoliberal que lo sustenta- es clara y sintética.


Más problemas plantea el qué hacer (ya lo decía Lenin). Garzón indica la necesidad actual y urgente de superar el capitalismo: "La evolución de la crisis ha demostrado que la tendencia actual del capitalismo es la de acentuar sus rasgos más puros. Con ello presente no es extraño pensar que la transformación o sustitución del capitalismo es aún más necesaria que nunca".

No obstante el concepto "superación del capitalismo" es bastante indeterminado y cada tradición de la izquierda puede dotarlo de un contenido bien diferente. El autor propone una actualización y reconciliación de dos tendencias como puedan ser el socialismo de tradición estatista y las posiciones basadas en la economía social y las teorías del decrecimiento. Sobre el papel suena bien, pero habría que ver en lo concreto qué quiere decir esto.

El propio Garzón seguro que experimenta en carne propia la contradicción (al menos parcial) que supone conciliar la participación en los movimientos asamblearios como el 15-M (del que él ha formado parte) y en algunos gobiernos con la otra izquierda (como en Andalucía, Comunidad Autónoma por la que es parlamentario) que se están viendo obligados ellos mismos a aplicar medidas de recorte.

En todo caso, la propuesta para avanzar es inequívoca y se basa en estimular lo unitario, en buscar los puntos de coincidencia entre los movimientos asamblearios, los sindicatos y las fuerzas de la izquierda transformadora, puesto que el desafío es inmenso y la amenaza puede resultar devastadora. Hoy mencionar la palabra democracia casi es un insulto a la inteligencia, ante la obviedad de que las principales decisiones se toman por otros bien distintos a los ciudadanos y ciudadanas libremente determinados. Acabar con ese estado de cosas no es una opción para nuestro autor sino un imperativo moral.

jueves, 26 de abril de 2012

Hay alternativas... (al neoliberalismo)

Hay alternativas es un libro que, con el sugerente subtítulo de Propuestas para crear empleo y bienestar social en España, nos regalan (nunca mejor dicho) tres autores de primera fila en el campo de la izquierda como son Vicenç Navarro, Catedrático de Ciencias Políticas y Políticas Públicas de la Universidad Pompeu Fabra, Juan Torres, Catedrático de Economía Aplicada de la Universidad de Sevilla, y Alberto Garzón, economista y Diputado de IU en el Congreso.




El libro está editado por Sequitur y ATTAC España (Madrid, 2011) y se puede descargar legalmente en PDF por Internet de manera gratuita (por eso lo de regalo). Su contenido se puede inscribir en una corriente de "reformismo fuerte" o "reformismo no reformista", que explora una alternativa global social y económica al liberalismo. Aúna solvencia técnica con propuesta política y permite desmontar el famoso dogma TINA (There Is Not Alternative) acuñado por la derecha thatcheriana.

Sus capítulos se ocupan de las causas de la crisis española, sus singularidades, la agenda para una una economía más justa y eficiente, las condiciones para crear empleo decente, la hipoteca del déficit social, los salarios y la recuperación económica, la financiación, Europa y el mundo, y una economía al servicio de las personas y en armonía con la naturaleza. Termina con 115 propuestas concretas que nos invitan a aterrizar desde los discursos teóricos a la práctica concreta.

El ensayo no puede escapar a las dificultades que supone abordar la superación del capitalismo globalizado de nuestros días, dada la desigualdad de fuerzas entre unos mercados financieros sin fronteras y cada vez más poderosos, y unas clases populares fragmentadas sin un referente común de lucha. Algunos temas no están cerrados, como la salida o no del euro y dependerán seguramente de la evolución de la crisis actual en los próximos meses.

El contenido del libro es muy vasto y sólo querría terminar su semblanza con la referencia a un tema que me parece crucial, como es desmontar el mito del libre comercio en tanto que motor de prosperidad global. Cito literalmente: "En contra de la ideología del libre comercio, irrealista porque es imposible que se dé en la realidad, el planeta necesita una ordenación del comercio internacional que proteja la producción nacional encaminada a satisfacer las necesidades, las de las pequeñas y medianas empresas, el patrimonio cultural propio, el medio ambiente, los derechos de las personas y los valores de la solidaridad y del humanismo, y no sólo los del comercio. Es decir, hay que avanzar hacia una auténtica desglobalización neoliberal. Sólo eso es lo que puede garantizar que la humanidad aproveche, como es cada vez más necesario, las ventajas de lo global con las de lo local, sin renunciar a lo uno o a lo otro, porque combinando ambos niveles es como se pueden encontrar las mayores y más eficaces fuentes de satisfacción humana".

¡Que disfrutéis de su lectura!

miércoles, 18 de abril de 2012

Catedráticos contra la reforma laboral

¿Quién dijo que los intelectuales españoles no se comprometían y permanecían aislados en su torre de marfil? Pues, para desmentirlo, un nutrido grupo de catedráticos y catedráticas de Derecho del Trabajo y la Seguridad Social han firmado un manifiesto en el que denuncian los múltiples desafueros de la recientemente aprobada reforma laboral. Aquí podéis leerlo.


"Los abajo firmantes, catedráticas y catedráticos de Derecho del Trabajo y de la Seguridad Social, consideramos un deber cívico hacer pública nuestra opinión de expertos sobre la reciente reforma laboral aprobada por el Gobierno del PP, la cual introduce un cambio radical en el modelo constitucional de relaciones laborales, basado en dos pilares esenciales: un delicado equilibrio entre poderes empresariales y derechos sociales y un estímulo a las expresiones de diálogo social, articuladas de manera señalada a través de la negociación colectiva

La norma de urgencia ha procedido a convulsionar la práctica totalidad de los elementos esenciales de ese modelo constitucional. Por lo pronto, ha desplazado el centro de gravedad normativo de las relaciones laborales desde el trabajo a la producción y al empleo, desde el trabajador y sus condiciones de trabajo a su “empleabilidad”, mercantilizando sin miramiento alguno el trabajo y descontextualizando el marco en el que, desde sus orígenes y sin solución de continuidad, ha venido aplicándose, y ha de seguir haciéndolo, la norma laboral. Este texto legislativo, en segundo lugar, implanta un verdadero sistema de excepción en las relaciones laborales, otorgando poderes exorbitantes al empresario a la vez que destruye las bases fundamentales del poder contractual colectivo autónomo en la regulación de las condiciones de trabajo. La constante reducción de los derechos de los trabajadores se acompaña de una progresiva afirmación de la unilateralidad empresarial sin control ni contrapeso. En suma, la flexibilidad unilateral conferida al empresario, además de despreciar las reglas consensuadas por los propios interlocutores sociales apenas dos semanas antes, aleja nuestro sistema jurídico del modelo social europeo, aproximándolo a antañones modelos autoritarios, de manera oportunista recuperados ahora en nombre de la libertad de empresa. En tercer lugar, la negociación colectiva deja de entenderse como un instrumento de corrección de las desigualdades contractuales, habiendo sido objeto, ella misma, de una flexibilización que altera su posición en el sistema de fuentes. La prioridad aplicativa concedida sin restricción alguna a los convenios de empresa y la supresión del régimen hasta ahora vigente de ultraactividad, además de poder generar un no deseable incremento de la conflictividad social, concibe al convenio colectivo como un simple utensilio al servicio de los intereses subjetivos empresariales, sustituible o modificable a su sola voluntad. La inaplicación de todas las condiciones de trabajo, incluso las salariales, del convenio sectorial expresa una concepción legal decididamente contraria al sistema vigente de negociación colectiva y a su estructura autónoma. En un contexto semejante, en fin, la garantía constitucional de la fuerza vinculante del convenio colectivo queda por completo desarbolada.

La regulación del despido, que se presenta de manera rutinaria como una forma de crear empleo, obedece realmente a un diseño destinado a otorgar fáciles y baratos mecanismos de liquidación y ajuste de plantillas, tanto en el sector privado como en el sector público. Y de hacerlo, adicionalmente, al margen de todo control. Desde luego, del sindical; pero también del administrativo e, incluso, del judicial. Como confiesa sin disimulo alguno el preámbulo de la norma, el propósito de la reforma es impedir el juicio de adecuación – con un evidente tono despectivo, el legislador excepcional lo denomina “juicio de oportunidad”- de los jueces sobre los despidos decididos por el empresario a partir de una definición justificativa que se mueve entre los dos extremos a descartar por cualquier legislador socialmente sensible: la mayor discrecionalidad y la más concreta identificación. La nueva regulación del despido no tiene más finalidad que reducir los costes del despido ilegal o improcedente, rebajando las indemnizaciones y suprimiendo los salarios de tramitación. Además de todo ello, y apartándose de manera grosera de los propósitos confesados de lucha contra la dualidad de nuestro mercado de trabajo, la reforma ahonda la precariedad mediante dos criticables medidas: la implantación de un contrato especial (de “apoyo de emprendedores”), cuya característica más llamativa reside en la posibilidad de despido libre durante un año de duración, y el encadenamiento de contratos de formación para los jóvenes, que pueden estar formándose hasta los 32 años en una misma empresa para el ejercicio de los más dispares e inconexos oficios.

Pero más allá de la crítica a sus contenidos concretos, queremos llamar la atención sobre el cambio de modelo que el RDL 3/2012 induce. Es éste un modelo opuesto al que conforma nuestra Constitución, el de la democracia social en una economía de mercado, que arbitra un equilibrio complejo entre el pluralismo social y la intervención normativa de tutela de los derechos laborales, y que sitúa en el centro de la regulación de las relaciones laborales a la negociación colectiva dotada de fuerza vinculante. En el diseño constitucional, la empresa es un territorio en el que el poder privado del empresario resulta racionalizado en su ejercicio mediante el reconocimiento de derechos de participación a los trabajadores. Este modelo nada tiene que ver ni con la concepción de la empresa como un ámbito de exclusiva gestión por el empresario ni con la noción del empresario como “el señor de su casa”.

Y es que las exigencias de equilibrio presupuestario que impone la Unión Europea ni exigían ni exigen en modo alguno una reforma de las relaciones laborales como la adoptada, contraria al Estado social y democrático de Derecho, potenciadora del poder normativo unilateral del empleador y hostil a la acción colectiva de los sindicatos. Por lo demás, y no es lo de menos, la reforma laboral presenta numerosos puntos que contradicen directamente derechos y principios constitucionalmente reconocidos y desarrollados por una extensa jurisprudencia del Tribunal Constitucional, tanto en lo que se refiere al derecho al trabajo como al derecho de libertad sindical. Y además es en una gran parte contraria a los compromisos internacionales asumidos por España, tanto respecto a la Carta de Derechos Fundamentales europea como a los Convenios de la OIT sobre libertad sindical, fomento de negociación colectiva y terminación de la relación de trabajo."

Firmantes

- Alemán Páez, Francisco (UCórdoba)
- Alfonso Mellado, Carlos Luis (UValencia)
- Álvarez de la Rosa, Manuel (ULa Laguna)
- Aparicio Tovar, Joaquín (UCastilla-LaMancha)
- Ballester Pastor, Maria Amparo (UValencia)
- Baylos Grau, Antonio (UCastilla La Mancha)
- Cabeza Pereiro, Jaime (UVigo)
- Camas Roda, Ferrán (UGirona)
- Camps Ruiz, Luis (UValencia)
- Castiñeira Fernández, Jaime (USevilla)
- Correa Carrasco, Manuel (UCarlos III de Madrid)
- Cruz Villalón, Jesús (USevilla)
- Domínguez Fernández, Juan José (ULeon)
- Escudero Rodríguez, Ricardo (UAlcalá de Henares)
- Fernández López, María Fernanda (USevilla)
- Ferrando García, Francisca (UMurcia)
- Garate Castro, Javier (USantiago de Compostela)
- Galiana Moreno, Jesús (UMurcia)
- García Becedas, Gabriel (UAutónoma de Madrid)
- García Ninet, José Ignacio (U de Barcelona)
- Garrido Pérez, Eva (UCádiz)
- González Posada, Elías (UValladolid)
- Goñi Sein, Jose Luis (U Pública Navarra)
- Gorelli Hernández, Juan (UHuelva)
- López Gandía, Juan (UPolitécnica de Valencia)
- López López, Julia (UPompeu Fabra de Barcelona)
- Luján Alcaraz, José (UMurcia)
- Martínez Abascal, Vicente Antonio (URoviraVirgili deTarragona)
- Martínez Barroso, María de los Reyes (ULeón)
- Mella Méndez, Lourdes (USantiago de Compostela)
- Molero Marañón, María Luisa (UReyJuanCarlos de Madrid)
- Molina Navarrete, Cristóbal (UJaén)
- Monereo Pérez, José Luis (UGranada)
- Moreno Vida, María Nieves (UGranada)
- Navarro Nieto, Federico (UCórdoba)
- Nogueira Guastavino, Magda (UAutónoma de Madrid)
- Ojeda Avilés, Antonio (USevilla)
- Olarte Encabo, Sofía (UGranada)
- Palomeque López, Carlos (USalamanca)
- Pardell Vea, Agnes (ULerida)
- Pérez del Río, Teresa (UCádiz)
- Puebla Pinilla (de la), Ana (UAutónoma de Madrid)
- Quesada Segura, Rosa (UMálaga)
- Ramírez Martínez, Juan Manuel (UValencia)
- Rodríguez Escanciano, Susana (ULeón)
- Rojas Rivero, Gloria (ULa Laguna)
- Rojo Torrecilla, Eduardo (UAutónoma de Barcelona)
- Tortuero Plaza, José Luis (UComplutense de Madrid)
- Tudela Cambronero, Gregorio (UAutónoma de Madrid)
- Sanguinetti Raimon, Wilfredo (USalamanca)
- Valdeolivas García, Yolanda (UAutónoma de Madrid)
- Valdés Dal-Re, Fernando (UComplutense de Madrid)
- Valdés de la Vega, Berta (UCastilla-LaMancha)
- Vicente Palacio, Maria Arantzazu (UJaume I de Castellón de la Plana)
- Vida Soria, José (UGranada)


martes, 17 de abril de 2012

YPF y el patriotismo de hojalata

 Os copio a continuación una esclarecedora entrada del blog de Alberto Garzón Espinosa, economista crítico y Diputado de IU en el Congreso, sobre el tema de la nacionalización por parte del Gobierno argentino de YPF.


"La nacionalización de YPF, filial de Repsol, por el Gobierno de Argentina.
El gobierno de Argentina, presidido por Cristina Fernández de Kirchner, ha confirmado los rumores de los últimos días y ha anunciado la nacionalización de la empresa YPF, filial de la multinacional REPSOL. En este post recopilamos la información más relevante que hemos publicado estos días sobre esta cuestión.
En primer lugar conviene hacer algunas aclaraciones acerca de la propia medida, pues de momento las informaciones son imprecisas. Se habla tanto de “expropiación” como de  “nacionalización” y de “compra”, sin precisar mucho más. Las definiciones son importantes y deben acompañar a los conceptos, pero hasta el momento la información disponible nos indica que se trata, efectivamente, de una nacionalización –por lo tanto pagada, pero sin precio asignado hasta el momento- por parte del gobierno argentino. No se trata de una decisión voluntaria por parte de las dos partes, sino de una decisión unilateral que, no obstante, asigna un precio a la entidad por adquirir[1].

En segundo lugar, YPF es una entidad que no es propiedad al cien por cien de la multinacional Repsol. En realidad Repsol controla en torno al 57% de YPF, lo que la convierte en el socio mayoritario y el que tiene poder de control y gestión, pero no es el beneficiario pleno de la actividad de YPF. El resto de la empresa es propiedad de capital privado argentino y de capital flotante (propiedad de capital argentino y extranjero).
En tercer lugar, la historia es importante. YPF fue fundada en 1922 por el Estado argentino y fue de titularidad pública hasta 1992, cuando comenzó el proceso de privatización auspiciado por los organismos internacionales –especialmente el Fondo Monetario Internacional- en el marco de los llamados planes de ajuste. La empresa terminó de privatizarse en 1999 cuando Repsol –otra empresa que fue en otro tiempo pública, en este caso española- se hizo con la mayoría de las acciones de YPF.
Durante la etapa de la “sustitución de importaciones” -a partir años treinta- YPF jugó un rol fundamental en la reestructuración de la economía argentina. La influencia de los autores dependentistas y neomarxistas llevó a Argentina a una estructura económica que la situó entre los países más avanzados del mundo en la época de posguerra, atrayendo a gran parte de los refugiados por la II Guerra Mundial. Su modelo de exportación de materias primas fue progresivamente sustituido por uno en el que la industria jugaba un rol crucial, proporcionando un modelo de crecimiento más sólido que permitió unas condiciones laborales estables y un incipiente sistema de protección social.
Tras la dictadura militar y la crisis estructural de los años setenta y ochenta, el gobierno argentino de Carlos Menem fue el responsable de la privatización, si bien fueron las políticas del Consenso de Washington las que inspiraron dicho proceso. Junto a esa privatización se dieron reformas estructurales que llevaron a la privatización de los planes de pensiones, reformas en el mercado de trabajo que precarizaron las condiciones laborales y otras reformas que llevaron a la gravísima crisis de 2000. Sólo después de que Argentina se rebelara contra el FMI y sus planes de ajuste, incluso acometiendo una quita de la deuda –no pagar parte de la deuda externa-, pudo el país volver a remontar aquella situación.
En cuarto lugar, Repsol no es técnicamente una empresa española, y en absoluto es propiedad de todos los españoles. Más del 50% de la multinacional es propiedad del capital extranjero (el 42% pertenece a fondos de inversión extranjeros –gestionados habitualmente por grandes bancos- y el 9’5% pertenece a la empresa mexicana PEMEX). El resto de la empresa es propiedad del grupo de capital privado español Sacyr (10%), de una entidad financiera española como Caixabank (12’83%) y de más capital privado español.
En quinto lugar, Repsol proporciona beneficios a la economía española que podrían considerarse nimios. Repsol declara en España el 25% de sus beneficios totales por todo el mundo, y en 2010 pagó impuestos aquí por valor de 949 millones de euros a un tipo impositivo efectivo del 26’8%. Ello quiere decir que ni siquiera paga el 30% que corresponde como tipo nominal por tributar en España. Repsol paga otro tipo de impuestos en los países donde opera, como Argentina o Libia, pero también tiene operaciones en paraísos fiscales. Y su operativa financiera muy probablemente no se contabilice en España.
En sexto lugar, el crecimiento y desarrollo de Repsol –que debe mucho a la privatización argentina de YPF- no es igual de beneficioso para todas las partes que conforman la multinacional. Mientras los beneficios contables han crecido un 11’97% entre 1998 y 2007, el salario medio de sus empleados sólo ha crecido un 1’71%. Eso quiere decir que los mayores beneficiados han sido los accionistas privados –fundamentalmente grandes empresas extranjeras y otras españolas- y no sus trabajadores.
En séptimo lugar, Repsol-YPF en tanto que empresa privada sólo persigue maximizar el beneficio en el corto plazo –para sus accionistas, además-, de modo que su estrategia empresarial no tiene por qué alinearse necesariamente con la estrategia de desarrollo de la economía argentina. Esta es precisamente una de las razones que aduce el gobierno argentino, que desea recuperar la empresa para poder usarla como instrumento efectivo de desarrollo.
En definitiva, hablamos de un fenómeno económico que debe analizarse desde un enfoque adecuado. No están enfrentados los intereses de dos naciones distintas, sino los intereses nacionales de Argentina y los intereses económicos de sujetos privados de distintas nacionalidades –y entre ellas, en menor grado, españoles-. Por lo tanto, es una falacia considerar esta medida económica como un ataque a España. Es una compra legal, que en todo caso podría estar minusvalorada –ya veremos-, y que afecta a los intereses de unos sujetos económicos –grandes empresas y bancos- que no comparten beneficios con el resto de la sociedad.
Esta no es la guerra de los trabajadores españoles. En todo caso queda pendiente ver si la gestión de YPF, a partir de ahora en poder del Estado argentino, será beneficiosa para los trabajadores argentinos o si, por el contrario, será YPF un instrumento al servicio de las oligarquías argentinas. No obstante, no es ese el tema que ahora nos ocupa.
Es una vergüenza que el gobierno español salga en defensa de los intereses de las grandes empresas españolas que poseen un capital minoritario de Repsol, en perjuicio de los intereses nacionales de un país soberano como Argentina. Más aún cuando mientras eso ocurre el gobierno está efectuando políticas de recortes que hacen recaer el peso de la crisis sobre la población española más desfavorecida.
Para el gobierno del PP el grado de atención y ayuda prestada depende del tamaño del bolsillo. Lo que debería hacer el PP, en vez de proteger los intereses de los más ricos, es replantearse su política económica y reflexionar acerca de si no es mejor opción de política económica imitar a Argentina y proceder a la recuperación de determinados instrumentos políticos. Instrumentos que deberían ponerse al servicio de los españoles en su conjunto, y no de unos pocos adinerados con capacidad para especular en distintos mercados financieros –entre ellos el de acciones.

[1] La ventaja más obvia que conlleva la nacionalización de una empresa rentable es que más allá del coste de adquisición los beneficios de su actividad pasan a engordar las finanzas públicas. Se trata de una socialización de las ganancias, en oposición con las socializaciones de las pérdidas a las que nos tienen acostumbrados los gobiernos europeos y estadounidenses con respecto a las entidades financieras en tiempos de crisis."